viernes, 1 de diciembre de 2017

"Sin retirada, sin rendición"

Uno de los momentos más especiales que se me han presentado durante estos últimos años ha sido volver a reencontrarme con aquellos amigos que dejé de verles prácticamente siendo niños, rostros que mi memoria guardaba y que con los años se fueron difuminando y con ellos las anécdotas de una infancia que parecían no sobrevivir a mis recuerdos..., rostros que ahora han cambiado pero que en el fondo, para mí, siguen siendo los mismos. Éramos cuarenta niños, cuarenta historias, cuarenta vidas que corrían sin marcar todavía nuestros destinos, y que se encontraban con las sonrisas de una inocencia que nos hacía mantenernos ajenos al mundo real. Nos juntábamos en las aulas y aprendíamos en el patio y en las calles, de hecho, podría contar con los dedos de una mano los profesores que de verdad se involucraron en nuestras vidas sin mutilar algunas de nuestras ilusiones.

Ahora nos vemos en los bares, sin necesidad de emitir juicios de valor, sin necesidad de ser los más fuertes, los más listos o los mejores deportistas; ahora no nos preguntamos si elegimos el mejor camino, simplemente simplificamos nuestras sonrisas y construimos pasajes que nos hacen sentir que todos somos iguales, que procedemos del mismo sitio, cómo cuando nuestros futuros se balanceaban sobre aquellos pupitres de madera. Cómo escribí en una ocasión, es bueno reencontrarse con una época en la que íbamos corriendo a los sitios y en los que andar era, simplemente, de viejos.

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