domingo, 28 de febrero de 2016

"La Calcetinera" (II Parte)

Segundas partes nunca fueron buenas. Aún así, y pisoteando mi vergüenza torera, he decidido divertirme un poco e intentar darle una descentrada prolongación a un relato que escribió un amiguete a raíz de una conversación de WhatsApp en la que varios compañeros de EGB intentábamos encontrar imágenes que nos surgían de los recuerdos de una época en la que íbamos corriendo a los sitios y en la que andar era, simplemente, de viejos.

Aquí podéis leer el original relato: http://veteporlasombra.blogspot.com.es/2015/06/la-calcetinera.html (de obligada lectura para entender mis desvaríos) sobre el que una noche me animé a darle forma a un mundo fantasioso que nos sitúa en el presente pero con la única intención de evocar el pasado, extraer unas sonrisas y homenajear a esa pequeña calcetinera que brincaba por nuestro patio. Va por mí y por todos mis compañeros, como solíamos decir. Es bueno seguir teniendo contacto con todos vosotros...

"La Calcetinera" (II Parte)

   Después de aquel reencuentro con sus compañeros de clase, Adrián se dedicó a deambular por todos los centros comerciales de la ciudad y durante dos meses intentó localizar a aquella calcetinera que cuando eran niños tanto les había excitado. Una vez creyó encontrarla reponiendo cajas de preservativos en el Alcampo de Brunete, allí estaba, de espaldas, con su pelo enredado y oxigenado de rubio reflectante. Ante un grito desmesurado ésta se volvió y una voz rugosa escapó de unos labios que parecían extensibles cámaras de caucho. Adrián no podía creer lo que veía, su calcetinera favorita era ahora un travestí de surcos maquillados y tacones dorados cuyas operaciones habían despreciado su anterior juventud. Aún así, agarró su móvil remangándose la pernera de su pantalón y llamó a su compañero de clase Herranz para ver si por lo menos les salían las cuentas: "Veamos, veamos, imposible" - dijo éste -. Tal y como me la describes tiene más de sesenta años y te recuerdo que de niña ya era mujer, además, si no tiene el lunar en la teta izquierda olvídalo". "Era cierto - pensó Adrián -. Un travestí nunca eliminaría un lunar tan sexy como ése de su cuerpo".

   Ese mismo día, a las cuatro de la mañana, su mejor hora de lucidez mental, Adrián agarró el teléfono fijo de su casa y entre susurros llamó a Montalvo: "Pedro, tío, soy Adrián, ¿Te he despertado?", "¡Joder!, ¿Tú que crees cabronazo?" - dijo éste con la voz secuestrada por un extraño sueño en el que aleteaba un monstruoso perico -. "Mira, se me ha ocurrido algo, localiza a Eugenio y a Santos e iros a la casa donde vivía Ivana, allí a lo mejor saben algo...". "La madre que os parió" - soltó Pedro antes de colgar.

   Al día siguiente, mientras Adrián recorría pacientemente el carrefour de Segovia, recibió una llamada. Era Pedro: "Tronco, ya está, la he localizado, me lo han dicho en la peluquería que hay enfrente de su antigua kely, trabaja en un club de carretera en Albacete en el kilómetro 269". "¡¡¡Por fin!!! - exclamó emocionado Adrián tras empotrar varios carritos de la compra contra unas enormes torres de bricks de leche que estaban en oferta y desparramar botes de mayonesa sobre las cabezas de dos guardias jurados que intentaban retenerle y que ahora se balanceaban como dos bolos golpeados por una bola de demolición.

   Ya en comisaría le permitieron hacer una sola llamada y no se lo pensó dos veces: "Juan Car, amigo, me han detenido otra vez, estoy en la jaula de Segovia, ven a buscarme y vete organizando una macroreunión de EGB que esta vez nos vamos todos de viaje". Juan Carlos, que ya estaba acostumbrado, se lanzó a la carretera mientras con el manos libres organizaba aquel reencuentro: "Roca, tío, vamos a necesitar un autobús" - le dijo -. "No hay problema, tengo un amiguete que se puede dar un rulo por las cocheras de la EMT y nos puede conseguir uno...". "De puta madre, Carlitos, siempre se puede contar contigo".

   Dos semanas después de aquella llamada, un autobús número 47 grafiteado estaba aparcado frente al colegio "Nuestra Señora de Fátima". La quedada había sido otro éxito de convocatoria, no se sabía si porque el destino final era un club de carretera o por la posible oportunidad de ver de nuevo a su calcetinera predilecta. Una vez subidos todos al autobús, Ángel Luis tomó la palabra: "A ver chicos, como delegado vuestro que soy os debo una explicación, es de algo que hice cuando preparábamos el viaje fin de curso de octavo..., y esa explicación que os debo..., ¡Qué cojones!, al fondo hay una nevera repleta de cervezas y una caja de mirindas para el Sali".

   Y comenzó el viaje, Valentín empezó a tararear una de esas canciones que solían canturrear sobre la tarima de clase cuando eran pequeños: "Pican, pican los mosquitos, pican, pican de verdad...". ¡Coño, ¡Qué recuerdos! - exclamó Alfonso -. ¿Os sabéis ésa de soy una taza, una tetera...?", y como la mayoría tenían hijos comenzaron a entonarla con coreografía incluida. En ese momento, Nacho, que fumaba al fondo del autobús, atravesó el pasillo mientras se contoneaba como un cucharón y le agarró por la coleta al conductor: "Pablito, no creas que somos unas nenazas, nosotros sobrevivimos a la banda del Popeye, así que acelera".

   Cinco horas y media después, y mientras todos cantaban "Ortan chiviri, ortan chiviri, el janja de la masquiti ortan chiviri manu", un cartel inmenso que entorpecía la claridad de una luna llena se abrió ante sus mentes: "La Calcetinera Ardiente". Una vez que Pablito frenó su marcha, Ángel Luis se puso en pie y luego se bajó los pantalones: "Como delegado vuestro que soy, debo recordaros que estamos en una misión, reconciliarnos con nuestro pasado, y para que no penséis sólo con el rabo antes de entrar en ese antro todos debemos de desahogarnos, así que ya sabéis, como os enseñé en séptimo".

   Después, aquellos rostros enrojecidos por el esfuerzo, atravesaron una pesada cortina de napa marrón y una música que se deslizaba a través de aquellas luces rojas les recibió como si aquel edificio llevara más de treinta años esperando aquella multitudinaria aparición. Antes de entrar, todos se miraron hasta que Guerra rompió aquel extraño silencio. "Oye, chicos, ¿Sabéis a qué hora estaremos de vuelta?, es que tengo un bautizo...", "No se ha jodido, y yo una mudanza" - le replicó Roca -.

   Sobre la barra, una muchacha que sobrepasaba con seguridad los cuarenta, movía cadenciosamente sus caderas mientras meneaba su pelo rubio al ritmo de los chasquidos de sus dedos. Iba vestida con una falda verde de cuadritos y una camisa blanca desabotonada por la que asomaba aquel canalillo que era lo único que de ella todos recordaban. "Sí, es ella" - afirmó rotundo Chema - . "Esta vez no hay duda"; "Bueno, bueno, hasta que no le veamos el lunar en la teta izquierda no lo podemos asegurar" - dijo Herranz -.

   Después, aquella manada de rostros todavía enrojecidos se dirigieron hacia la barra, una vez allí el delegado tomó de nuevo la palabra: "37 copas y una mirinda, ¡Qué cojones!, ¡39!, ¿Alguien sabe que fue de Polo y de Boiza?",  luego fijó su mirada en la camarera: "¡Coño, si es la madre de la Ivana! - exclamó mientras observaba aquel rostro arrugado pero muy femenino que se deslizaba tras la barra. Más al fondo, donde ésta se fundía con la pared y a oscuras, un individuo de pelo gastado y enormes manos movía sus dedos jugueteando con los hielos de un vaso de ginebra. "¡¡¡El Zuazo!!!" - exclamó Vicente, y todos dirigieron sus miradas hacia aquel personaje que parecía haber pasado buena parte de su vida sobre aquel taburete.

   Pocos segundos después, Salinas pegó un puñetazo sobre la barra, y pidió otra mirinda que esta vez se cepilló de un trago, "Esta es mi oportunidad, voy a pedirle mi redacción", "Tranqui Sali" - terció Alex -. Tengo una conversación pendiente con él sobre el tranta, la autoflagelación y las conductas desviadas". Lo último que vieron fue a Alex empotrando la cabeza de aquel chulo de calcetineras contra el recodo de la barra. "No veis, hablando se entiende la gente... - dijo mientras regresaba con sus compañeros -. "¿Te ha dicho algo sobre mi redacción? - apostilló Salinas a su paso -.

   Unas horas después, todos borrachos menos Salinas que no paraba de expulsar sus ya conocidos mirindogases, salieron de aquel garito de luces de neón exultantes, como si con aquel viaje hubieran cerrado un círculo. Herranz encabezaba la expedición enarbolando un enorme sostén blanco como si fuera la nueva identidad de aquel comando. Se sabe también que Ángel Luis se apropió de una Harley que había en la puerta y que se fue a recorrer mundo con la madre de Ivana..., lo cierto es que llegó a Madrid antes que el resto.

   Ya había amanecido cuando aquel autobús grafiteado irrumpió de nuevo por la estrechas calles de Usera, cuando llegaron a la puerta de su antiguo colegio ésta estaba abierta de par en par como si el viento quisiera forzar sus recuerdos. Así que, enfilaron la marcha y atravesaron el patio en el que muchos años atrás se habían peleado, escupido y odiado..., pero en el que también habían jugado juntos, y donde muchas veces se habían abrazado.

   Según avanzaban, barrigas, calvas y canas se diluían en aquellos cuerpos que gradualmente iban recuperando sus formas infantiles, empequeñeciendo de paso aquellos rostros que volvían a ser reconocibles para todos. Cuando llegaron a su última clase, 8ºC, se sentaron en sus pupitres como si con aquel gesto quisieran finalmente despedirse de aquellos niños cuya inocencia seguía imponiendo las barreras que sus mundos adultos años más tarde derribarían.

   Cuentan que a su salida, y una vez cerrado el círculo, fueron poco a poco recuperando sus formas actuales y que continuaron con sus propias vidas. Meses después, tras un tórrido y caluroso verano, se reencontraron todos en una gran mesa con un enorme sujetador blanco entoldando sus cabezas. Bebieron, comieron y rieron, pero sobretodo recordaron hasta reconocer en sus risas aquellos rostros infantiles que el tiempo únicamente había modificado.

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